Gracias a Dios, ahora lo sé
El calor de la llanura nada tiene que ver con esa obscenidad de las playas sudorosas y atestadas. Aquí los grados se nos suben secos a la sobremesa y regalan de paso una siesta ventilada. De fondo, el pueblo cerrado a cal y canto de tres a ocho, lleno de persianas bajadas y prisas por nada. "¿A dónd...
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